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Alfonso de Funes Villalpando nace en 1570. Es hijo de Antonio de Funes, Señor de Quinto y Ana de Santángel.
En octubre de 1591 contrae matrimonio con Gerónima de Zaporta y Albión, nacida en 1567 y huérfana de Luis de Zaporta señor de Valmaña y de Mariana de Albión.
No tuvieron descendencia, y orientados por Diego de Funes (cartujo del Aula Dei) iniciaron una vida de limosnas y donaciones de caridad y a beneficiar con diversos regalos a las iglesias y conventos aragoneses.

Alentado por Orencio Clavería, profeso del Aula Dei y Diego de Funes (profeso del Aula Dei en 1626 y prior en 1631, ocuparía una vez constituida La Cartuja de la Concepción su primer priorado en 1639 y hasta su muerte en 1643) Alfonso de Villalpando se decide a ayudar firmemente a la Cartuja y redacta en su testamento fechado en el 10 de julio de 1629 dejar usufructuaria de todos sus bienes a su esposa Jerónima Zaporta y Albión, al objeto de que sirvan para la fundación de una Cartuja en Aragón, que se erigirá bajo la advocación de la Inmaculada Concepción, imponiendo en una cláusula que su cuerpo fuera inhumado en el Aula Dei hasta el momento en que fuera erigida la  Cartuja reposaran definitivamente en su solar.

El 22 de noviembre de 1630 muere en Monzón don Alonso de Villalpando. Una vez abierto el testamento y tras una redacción de un inventario de la situación de la herencia se encuetran con que la donación destinada a la fundación es de 28.798 libras. La herencia de don Alonso de Villalpando presentaba deudas, y los cartujos pidieron a doña Gerónima que las pagase de su fortuna.

Don Luis de Vera (prior de Montealegre y amigo de Zaporta) consiguió convencer a doña Gerónima de que renunciara a la renta usufructuaria dejada por su marido lo que unido a las rentas de Parcent de Nuestra Señora las Fuentes bastaría para la fundación de Nuestra Señora de la Concepción. También prometió al monje donar a su muerte toda su fortuna integra para La Cartuja.
Renuncia de Gerónima Zaporta el 25 de noviembre de 1634
“Después que D. Alfonso de Villalpando, mi esposo, partió de esta vida sin demora, procuré cumplir sus deseos: es decir, hacer la fundación de la Purísima Concepción de la Bienaventurada Virgen María, para lo que dejó toda su fortuna. Pues aunque parezca que he hecho algo a favor de la Orden de los Cartujos, desprendiéndome del usufructo de esa fortuna, de la que yo podía disfrutar mientras viviera, y no menos aceptándola, por lo que os doy innumerables gracias y ruego al R. P. quiera llevar a término la obra que se digno empezar; ordenando a los Padres, a quienes se ha confiado esta fundación, que se preocupen lo que puedan de su construcción; ruego al R. P. ore por mí al Señor para que conserve al R. P. incólume para mi bien.   Sra. Gerónima Zaporta."

Tras estudiar diversas propuestas y calibrar sus ventajas e inconvenientes, se acordó tomar como la más adecuada una torre llamada “La Fuente de Maturcos” propiedad de la Orden de Calatrava situada entre Alcañiz y Castellserá (en las proximidades de Tortosa).
El 8 de mayo de 1639 tenía lugar la ceremonia de la bendición e imposición de la primera piedra.
Pero debido a la Sublevación de Cataluña, los monjes tuvieron que desplazarse primero a Alcañiz y después a Zaragoza (llevándose consigo el cadáver de Alfonso de Villalpando, que debido a su voluntad testamentaria había sido trasladado a la fundación desde el Aula Dei). Ante esta situación Gerónima Zaporta dejó a los monjes la Torre de Martín Cabrera en las proximidades de Zaragoza (según disposición fechada el 2 de julio de 1643)
La fundadora decide adoptar el derecho a asistir a misa en la improvisada capilla de la Torre de Martín Cabrera (que seguía siendo de su propiedad). Esta  obstinación de doña Gerónima iba a tener, sin querer, decisivas consecuencias para la futura y definitiva ubicación de La Cartuja de la Concepción.
El prior don Vicente de Cuevas, de acuerdo con la disciplina monacal alegaba que aunque eventual, el edificio cumplía la misión de casa de los cartujos y que ninguna dama podía traspasar el umbral.
Jerónima Zaporta se queja entonces al visitador de la provincia, el prior de Val de Cristo, y el 11 de junio de 1643 declara que: “la torre de Martín de Cabrera era un refugio provisional, pues no podía tratarse ni de  fundación ni de clausura canónica”.
Esta situación molestó a la comunidad de cartujos y no dejó satisfecha a Gerónima Zaporta, y empezó a pensarse en que este fuera el lugar definitivo para el monasterio de la Concepción.
Las veleidades de doña Gerónima continuaron, acentuándose su encono contra los cartujos viendo que las obras no sólo no comenzaban sino que no había indicios de que el nuevo convento se levantase. Zaporta que había prescindido del director espiritual cartujo sustituyéndolo  por un padre jesuita añadió un codicilo a su testamento con fecha 22 de octubre de 1647, por el que se cedía toda su fortuna a los jesuitas para fundar un colegio de Misiones bajo el nombre de la Concepción, si los cartujos se negaban a llevar a cabo la Concepción en Zaragoza. Al mismo tiempo había prometido a su sobrina ante testigos y de palabra que si ingresaba en el convento de Jerusalén fundaría un cenobio de franciscanas. En 1640 su sobrina Ana de Borja y Aragón reclamó la herencia, pero a la falta de documentos escritos tuvo que renunciar.
Las negociaciones entre los cartujos y Gerónima Zaporta continuaban. Así el 12 de julio de 1648 el padre León Trycer manifestaba a Zaporta lo absurdo de mantener dos cartujas con tan sólo unos kilómetros de distancia, al mismo tiempo que le demostraba la escasez de agua y otros inconvenientes para su erección.
Para terminar con los problemas y ante la firme actitud de Gerónima Zaporta de retirar su mecenazgo de no ser en Zaragoza, el 12 de noviembre de 1648 don Jerónimo Frigola, prior de Porta Coeli y don José de Villar, prior de Val de Cristo, manifestaron a sus superiores y a doña Gerónima que la fundación era posible en aquel lugar siempre y cuando el arzobispo lo autorizase.
No sin presión de doña Gerónima, el prelado don Juan Cebrian consentía la fundación con fecha de  24 de marzo de 1649.
A pesar de éstas determinaciones las obras no comenzaban. Lo que irritaba a doña Gerónima. Para apurar a los cartujos, el 25 de septiembre de 1650 redactó un nuevo codicilo señalando que si en el plazo de un año no comenzaban las obras, todo pasaría a los jesuitas.
Poco después moría Gerónima Zaporta, pero había un codicilo que amenazaba los intereses de la nueva fundación cartujana. ¿cómo burlarla? Porque la comunidad no veía conveniente comenzar las obras en el plazo de un año. Por otro lado, si esto no ocurría si, corrían el riesgo de perder la herencia de Gerónima Zaporta (4 veces superior a la de Alfonso de Villalpando que era lo único que tenían seguro)
 Don Roque Ausseil, en su manuscrito  sobre la historia de la Caruja de la Concepción nos resume así la inocente estratagema de los monjes  para poder superar los inconvenientes:

“D. Diego de Villarroya ya era el prior y no teniendo ya que temer a los caprichos de G,. Zaporta, hará continuar la espera mas tiempo que sus predecesores. Los jesuitas, que no han olvidado los deberes desde el proceso de Parcent, no quieren renunciar a sus derechos. Para tenerlos a raya se hecha mano de una estratagema. El canónigo Diego Galbón, asistido del canónigo Juan Perat y de Miguel Herrando, racionero de La Seo y del R. P. Valero Monzó, provincial de los Trinitarios, albaceas de la fundadora, bebdice con inusitada solemnidad la primera piedra de la Cartuja el 9 de septiembre de 1651. Se paralizan ahí durante unos cuantos años.
Don Antonio Gascón suceda  Villarroya y el capítulo general  de 1662 recuerda las últimas voluntades de la fundadora y recomienda acelerar los trabajos. Al fín unas norias establecidas en el Ebro y unos pozos cavados en el interior del monasterio facilitaron la empresa. El 26 de agosto de 1664, Francisco Fuesto, de Barbastro, insigne matemático y capitán de navegación de la Compañía de Indias, dio las instrucciones para establecer norias-sifones en la orilla del río. Se había conseguido lo más importante.
Los estatutos y reglamentos de los diversos gremios prohibían emplear a los aprendices de albañil antes de que fueran reconocidos como suficientemente formados. Por u favor especial la ciudad permitió a los cartujos contratar a todos los obreros sin distinción en 1655, 1679 y 1701.”
 Fue don Antonio Gascón  quien tras ocupar el cargo de prior de La Concepción quien realizó una intensa labor constructiva, levantando la pared maestra siguiendo el modelo del Aula Dei, el capítulo, el Gran Claustro muy superior en dimensiones al del Aula Dei, el priorado y así, en 1679 la comunidad estaba instalada en las 42 celdas del Gran Claustro.
Con tal motivo, se celebró misa solemne y una gran fiesta a la que asistió el virrey de Aragón don Juan de Austria y los principales caballeros aragoneses.
Una vez terminado el monasterio se comenzó la iglesia en 1700 concluyéndose las obras de fábrica en 1718.
Hacia 1760 Francisco Bayeu decora el pequeño claustro de las capillas con historias de la vida de S. Bruno.Par obtener fondos destinados a la comunidad, los cartujos instalaron en el Ebro un lavadero de lanas con el  correspondiente permiso del Concejo.

 Un comerciante francés (Juan Plá) vino a instalar otro más arriba con lo que perjudicaba hasta el punto de inutilizar el de los monjes, los cuales recurrieron a la Corte decretándose la demolición del lavadero de Plá el 30 de mayo de 1681.

El 29 de agosto la Cartuja recibió la regia visita de Carlos IV y de la reina Maria Luisa. El monarca concedió al monasterio de la Concepción el derecho a tomar del canal el valor de una teja de agua continua para las necesidades de la casa.

Durante la Guerra de la Independencia, el 14 de junio de 1808 se traslada el Santísimo a la iglesia parroquial de El Burgo y se esconden los objetos con metales preciosos. El prior dio 10 onzas de oro a cada religioso separándose a continuación la comunidad que marcharon con sus familiares  o a la Caruja de Las Fuentes.
Guardando el monasterio había quedado  fray Domingo Comín con varios criados y fray Jorge Serna. Aprovechando estas circunstancias, Comín es colaboración con su padre, saquearon La Cartuja llevándose los objetos de más valor.
El 15 de agosto el monasterio fue asaltado por una turba que terminó por desvalijar los fondos monacales.
Sobre la actuación de Palafox en la Cartuja, nos dice Agustín Alcaide en Historia de los Sitios de Zaragoza:
“El general Palafox, el 19 de junio de 1808, tratando de encontrar víveres y dinero, se dirigió a la Cartuja de la Concepción para solicitar una ayuda. Se quedó muy extrañado al encontrar el monasterio abandonado. Envió entonces al comandante Ascaso con cuarenta hombres, que transportaron el grano a casa de Hilario Ximenez de Zaragoza y el vino a casa de Miguel Echarique. Después, el lugarteniente Bustamante, autorizado por una nota de las autoridades de la ciudad, envió doscientos hombres a Aula Dei para que transportaran a Zaragoza todo lo que pudiera servir durante el asedio”.
Tras la retirada del general Dupont los cartujos volvieron a la Concepción el 16 de agosto.
El 4 de diciembre de 1808, se suprimen las órdenes monásticas. Asi lo narra Roque Ausseil en su manuscrito.
“En cumplimiento del Decreto Imperial, Luis Menche, intendente general de  Zaragoza, pidió a los procuradores de la Concepción que residían en la ciudad, un estado detallado de las propiedades y rentas de la casa; pero ellos declararon que las cosas de plata y obras de arte habían desaparecido y que ignoraban cómo. Luis Menche sabía a que atenerse. Efectivamente, un monje del Aula Dei, ganado por las promesas y la prebenda de un beneficio en La Seo, había acabado por indicar el escondite de los objetos de su monasterio. Este religioso era D. Cabrero. Menche presionó, amenazó a D. Gascón y a D. Herrando para  que declararan, pero inútilmente. Tuvo más éxito con el H. Jorge Serena, que comunicó a los franceses que todo se encontraba en la Sacristía de Nuestra Señora del Pilar. Cuando el pobre H. Jorge entró en la Procura de Zaragoza, los dos padres quedaron asustados al conocer lo que había pasado. Se avinieron. Sin embargo Luis Menche se contentó con enviar a Miquel López de Unceda a reclamar a mosén Miquel, Sacristán del Pilar, el depósito de los dos cartujos.
En épocas de disturbios y persecuciones los amigos de los monjes se convierten a veces en sus mayores enemigos. El carretero Antonio Lobera  fue encargado de la recolección, y el notario Miguel Borao, pariente de la fundadora, aceptó las funciones del inventariado, y puso tanto empeño en la tarea que llegó a inscribir en la lista hasta los trapos viejos de la cocina. Lobera murió en le desempeño de sus funciones”
El 5 de julio de 1809, tras recibir orden de abandonar la ciudad, los dos procuradores se refugiaron en la Cartuja de Las Fuentes, permaneciendo en esta casa hasta el 15 de septiembre en que el notario de Alfajarín se prestó a esconder los objetos litúrgicos a condición de que los religiosos se marchasen.
Tras la vuelta al poder de Fernando VII, las órdenes religiosas fueron restablecidas y el 23 de septiembre de 1820 fueron suprimidos nuevamente los conventos.
El 5 de julio de 1823 volvía de nuevo la comunidad.
Por último y de acuerdo con las medidas desamortizadoras los monjes cartujos abandonaron definitivamente Santa María de la Concepción el 14 de Agosto de 1835.
Del libro “LAS CARTUJAS DE ZARAGOZA”  de JOSÉ LUIS MORALES  Y MARÍN

 

   



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